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sábado, 1 de diciembre de 2012

Serres, Michel


 
Michel Serres es un «viajero» entre las artes y las ciencias y un pensador para quien el viaje es invención. La invención se denomina también «traducción», «comunicación» y «metáfora». Como introducción a la obra de Serres, simultáneamente filosófica, científica y poética, vamos a referirnos a un hecho crucial en la historia de la ciencia: la termodinámica y la consiguiente superación del sistema cerrado de la mecánica newtoniana. Superar ese sistema cerrado es, para Serres, estimular la invención.
En 1824, un ingeniero del ejército francés, Sadi Carnot, llamó la atención sobre el hecho de que, en la máquina de vapor, el calor fluía desde una zona de alta temperatura (la caldera) a otra de baja temperatura (el condensador). Aunque Carnot llegó a la conclusión errónea de que no se perdía ninguna energía del sistema, sí valoró que, cuanto más eficiente era éste, menos energía se necesitaba para su funcionamiento, y que era la diferencia de temperatura entre la caldera y el condensador lo que producía energía. La obra de Carnot se interrumpió prematuramente cuando murió a los treinta y seis años. Varias personas siguieron desarrollando su trabajo, como Hermann Helmholtz y Rudolph Clausius en Alemania, y William Thompson (Lord Kelvin) en Glasgow, con el resultado de que, en 1865, Clausius acuñó el término «entropía» para el calor que se pierde en cualquier sistema mecánico. La era de la termodinámica había llegado. Sus leyes primera y segunda son, respectivamente, que «la energía del mundo permanece constante» y que «la entropía del mundo tiende hacia el máximo» (1). La entropía es también la tendencia hacia el desorden en un sistema.
  En relación con Serres, interesa aquí la diferencia entre una simple noción mecánica de energía y el concepto de termodinámica. En el modelo mecánico de Newton, en principio, no se pierde ninguna energía: la mecánica del sistema es reversible. Teóricamente no hay efectos aleatorios. «De acuerdo con la segunda ley de la termodinámica... el movimiento unidireccional de [un] proyectil se vería continuamente transformado, por la resistencia de fricción del aire, en calor, es decir, en movimientos aleatorios y desordenados de las moléculas del aire y el proyectil» (2).
Este carácter aleatorio o desorden –como en los bordes inestables de una nube, o en los efectos del vapor, o en el movimiento de las mareas– es objeto de estudio sólo ahora, en la teoría del caos. Anteriormente, la estocástica –la teoría del azar– y la teoría de la probabilidad desarrollaron principios dirigidos a explicar los fenómenos aleatorios.
En este breve resumen advertimos que un sistema mecánico de tipo newtoniano es un sistema de reversibilidad: en él, el tiempo es reversible. Con el sistema termodinámico predominan la contingencia y el azar, por lo que se convierte en un sistema de tiempo irreversible. Para añadir un toque sociológico, podemos decir que Bourdieu ha denominado al ejercicio de la lógica la lógica del tiempo irreversible.
Serres es claramente un filósofo de la ciencia. Pero, a diferencia de su mentor, Gaston Bachelard, nunca ha aceptado que una ciencia concreta –desde luego, no la ciencia natutal– se ajuste a la determinación positivista de un campo de investigación hermético y homogéneo. En una obra reciente (3), Serres ha indicado que la forma y la naturaleza del conocimiento se aproxima, sobre todo, a la figura del arlequín: una figura compuesta que siempre tiene otro disfraz bajo el que acaba de quitarse. El arlequín es una figura híbrida, hermafrodita, mestiza, una mezcla de diversos elementos, un desafío a la homogeneidad, del mismo modo que el azar en la termodinámica abre el sistema de energía e impide que haya una implosión.
Michel Serres nació el 1 de setiembre de 1930 en Agen, Francia. En 1949 fue a la academia naval y posteriormente, en 1952, a la École Normale Supérieure (rue d'Ulm). En 1955 obtuvo una agrégation en filosofía, y entre 1956 y 1958 sirvió en diversos buques como oficial de marina para el servicio marítimo nacional francés. Su vocación de viajero, por tanto, es algo más que una importación académica. En 1968, Serres obtuvo el doctorado con una tesis sobre la filosofía de Leibniz. Durante los años 60 enseñó con Michel Foucault en las universidades de Clermont-Ferrand y Vincennes, y después se le designó para la cátedra de historia de la ciencia en la Sorbona, donde aún da clases. Serres es también profesor en la Universidad de Stanford desde 1984, y fue elegido miembro de la Academia Francesa en 1990.
Con el reconocimiento de la interrelación entre distintas ciencias y distintas formas de conocimiento, así como entre la ciencia y diversas prácticas artísticas, es evidente el esfuerzo de Serres para descubrir cómo se interpenetran mutuamente diferentes áreas de conocimiento. Más aún: Serres se ha propuesto la tarea de ser un instrumento de comunicación (un médium) entre las ciencias y las artes, el Hermes del estudio moderno (4). Con la llegada de las ciencias de la información, se hace posible una nueva figura para representar la ciencia: es el «modelo» de comunicación. Por consiguiente, tenemos tres elementos: un mensaje, un cauce para transmitirlo y el ruido, o interferencia, que acompaña la transmisión. El ruido requiere cierto desciframiento, porque hace más difícil la lectura de un mensaje. Pero, sin él, no habría mensaje. Es decir, no existe mensaje sin resistencia. Lo que Serres, al principio, considera intrigante respecto al ruido (más que el mensaje) es que abre una vía de reflexión muy fértil. El ruido, en vez de quedarse sólo en eso, se convierte en un medio de transporte. Así, en el primer volumen de la serie Hermes, se analiza el ruido como tercer elemento, el elemento empírico, del mensaje. En teoría, la comunicación debe estar separada del ruido. El ruido es lo que no se comunica; está ahí como una especie de caos, como ese tercer elemento empírico del mensaje, la parte accidental, la parte de la diferencia que queda excluida. Todo formalismo (las matemáticas, por ejemplo) se basa en la exclusión de ese tercer elemento. Todo formalismo es un modo de pasar de un área de conocimiento a otra. Comunicar es moverse dentro de una clase de objetos que poseen la misma forma. La forma debe extraerse de la cacofonía del ruido; la forma (comunicación) es la exclusión del ruido, una huida del ámbito de lo empírico.
En su libro El parásito (5), Serres recuerda que «parásito» también significa ruido. Un parásito es un ruido en un canal. Y por eso, al describir las comidas de las ratas en una historia de las fábulas de La Fontaine –las comidas de dos parásitos–, Serres también se refiere al ruido: «Los dos compañeros se escabullen cuando oyen un ruido en la puerta. No era más que un ruido, pero era también un mensaje, un trozo de información que producía pánico: una interrupción, una corrupción, una ruptura de información. ¿Era realmente un mensaje, este ruido? ¿No era, más bien, algo estático, un parásito?» (6).
Serres se ocupa del tema del ruido y la comunicación para demostrar que «el ruido forma parte de la comunicación» (7); no puede eliminarse del sistema. El ruido, en el lenguaje como en otros sistemas de comunicación, posee su equivalente en el propio concepto del sistema. Porque «no conocemos ningún sistema que funcione perfectamente, es decir, sin pérdidas, huidas, desgaste, errores, accidentes, opacidad; un sistema cuya rentabilidad sea del uno por uno» (8).
El interés de Serres por el «ruido» como tercer elemento empírico y excluido en la existencia humana le ha hecho traducir (traduire) entre campos aparentemente heterogéneos en un esfuerzo por construir «pasos» (por ejemplo, el paso del noroeste) entre ellos, pasos no sólo de comunicación, sino también de no comunicación y parásitos. En un momento de su trayectoria intelectual, la noción de estructura pareció ser útil para los propósitos de traducción y, por tanto transporte. En realidad, Serres caracteriza el método estructuralista como un método en el «sentido etimológico; es decir, una forma de transferencia» (9). Partiendo de la formación matemática de Serres en álgebra y topología, la estructura llega a las ciencias humanas, en las que un análisis estructural

examina uno o dos modelos concretos reducidos a una forma (o varias): un orden preestablecido y transitivo. Luego, analógicamente, halla su forma o estructura en otras áreas, et similia tam facilia. De ahí su poder de comprensión, clasificación y explicación: geometría, aritmética, mecánica, método, filosofía (10).

Serres está menos influido por Saussure que por el grupo de matemáticos de Bourbaki, y encuentra en el análisis estructural un medio de trasladarse entre áreas e incluso entre realidades diferentes. El análisis estructural conduce inevitablemente a la comparación, y por eso Serres tiene gran respeto por la obra de Georges Dumézil; porque éste fue capaz de demostrar, mediante una comparación de series de relaciones, que la mitología indoeuropea posee la misma estructura, pese a la variedad de contenidos. En una formulación muy precisa, Serres afirma: «con un contenido cultural determinado, sea Dios, una mesa o una palangana, un análisis es estructural (y es sólo estructural) cuando hace que dicho contenido aparezca como modelo» (11): el modelo estructural se define como «el análogo formal de todos los modelos concretos que organiza». En lugar de «análisis estructural», Serres propone el término «loganalyse».
Mediante su enfoque no referencial y comparativista del lugar (ningún lugar constituye el objeto de análisis estructural), el sitio estructuralista está, al mismo tiempo, «aquí y allí». Es un sitio muy móvil que se constituye a través de una enunciación. No hay un punto fijo, aquí y ahora, sino una multiplicidad de espacios y momentos. Ello implica, asimismo, que no existe un sujeto concreto y empírico, sino un sujeto como virtualidad discontinua.
La obra más reciente de Serres ha destacado la importancia que, a su juicio, tienen la poesía y los efectos de las nuevas tecnologías (como la tecnología de la información) en la vida cotidiana. La poesía, en cierto sentido, es el ruido de la ciencia. Sin poesía no habría ciencia. Sin ciencia –o, al menos, filosofía– no puede haber poetización ni ficcionalización. La lectura que hace Serres de Julio Verne, Émile Zola y los cuadros de Turner sirve para confirmarlo. En Verne, por ejemplo, se muestra el significado de enfrentarse al no conocimiento. El no conocimiento es el misterio –el ruido, podríamos decir ahora– necesario para la constitución del conocimiento. El no conocimiento en Verne es lo desconocido en lo que debemos adentrarnos con el fin de constituir el conocimiento. Lo desconocido está formado por mundos para los que aún no existiría concepto ni lenguaje. Con Zola y Turner, el principio de la estocástica se ve en su esfuerzo artístico para presentar el vapor, el humo y diversos fenómenos indeterminados.
Para Serres, «la percepción de la estocástica [que] sustituye a la especificación de la forma» es un gran avance en la relación entre las ciencias. Porque la ciencia es un sistema, igual que la poesía es un sistema. Lluvia, sol, hielo, vapor, fuego, turbulencias: todos ellos crean efectos aleatorios. La física moderna empieza aquí, con la comprensión de que la turbulencia impide la implosión de sistemas. El «exterior» del sistema es lo que impide la implosión.
«Lo que existe –afirma Serres– es lo más probable» (es decir, desorden, azar y la excepción). Lo real no es racional. «Sólo existe la ciencia de la excepción, de lo raro y el milagro» (es decir, de la ley, el orden, la norma). El sistema, en la época clásica, es un equilibrio; en el siglo xix es la termodinámica y la meteorología se convierte en una metáfora del conocimiento.
En El parásito, Serres pregunta si el sistema es una serie previa de limitaciones o si, por el contrario, es la regularidad manifiesta en los distintos intentos de constituir un sistema. «¿Esos intentos constituyen por sí solos el sistema?», pregunta Serres. El ruido, como hemos visto, es el sistema. «En el sistema, el ruido y el mensaje intercambian sus papeles con arreglo a la posición del observador y la acción del actor» (12). El ruido es un comodín necesario para el sistema. Puede asumir cualquier valor y, por tanto, es impredecible, por lo que el sistema no es jamás estable. Por el contrario, es el no conocimiento. Los sistemas funcionan porque no funcionan. Lo disfuncional es esencial para el funcionamiento. El modelo está libre de parásitos, libre de elementos estáticos (como en la matemática), mientras que el sistema está siempre infectado de parásitos que le otorgan su carácter irreversible. Es un cuadro de Turner. Con su representación de los efectos aleatorios de nubes, lluvia, mar y niebla, Turner interpreta la segunda ley de la termodinámica, la ley que Carnot hizo posible. Turner traduce a Carnot. Esa es la intuición poética de Serres.
Dos figuras, por consiguiente, impregnan la oeuvre de Serres: Hermes y Arlequín. Hermes, el viajero e intermediario, permite el movimiento en y entre las diversas áreas de la vida social. El arlequín es un payaso multicolor que representa el caos de la vida. Dos ámbitos de interés especial para quien viaja por el conocimiento son los de las ciencias naturales y las humanidades. ¿Debe abrirse verdaderamente la ciencia a la poesía y el arte, o esto no es más que una idiosincrasia por parte de Serres? ¿Se trata de su truco personal? La respuesta es que Serres cree firmemente que la viabilidad y la vitalidad de la ciencia dependen de hasta qué punto esté abierta a su otro poético. La ciencia sólo avanza si recibe una infusión de algo caído del cielo, algo impredecible y milagroso. El impulso poético es la sangre vital de la ciencia natural, no su némesis. La poesía es el camino del viajero abierto a lo inesperado y siempre dispuesto a establecer nexos inesperados entre objetos y lugares. La forma que adoptan esos vínculos está influida, desde luego, por los avances técnicos; por ejemplo, la tecnología de la información transforma los sentidos.
La obra de Serres es un desafío al buen sentido. A su juicio, no estimular al lector para que halle la coherencia en su trabajo –como ha hecho con otros– es dejarlo estéril y sujeto al colapso que aguarda inevitablemente a todos los sistemas cerrados. En la historia de la física, Serres ha afirmado que Lucrecio se adelanta al marco de la física moderna. De rerum natura (De la naturaleza de las cosas) se ha tratado convencionalmente como una obra poética con escasa relevancia para la ciencia moderna. Pero, según explica Serres, la turbulencia de todo tipo es fundamental para el sistema de Lucrecio. Con la idea del clinamen –la variación infinita en el curso de la trayectoria de un objeto–, Lucrecio anticipa la teoría del desorden –entropía– de la física moderna. Sin embargo, más que esto, Serres pretende mostrar que es posible producir matemática a partir de lo que escribió Lucrecio en el último siglo antes de Cristo.
Por extensión, la historia de la ciencia está también sometida a turbulencia: está sujeta a conexiones aleatorias de todo tipo entre diversas áreas. Contra la rígida ordenación convencional, Serres propone el desorden relativo de la poesía, es decir, del milagro, el azar y la excepción. A su manera, la propia obra de Serres es un atisbo de ese milagro de la poesía en una isla de orden.


NOTAS

1.     La información sobre la historia de a termodinámica procede de Stephen Mason, Historia de las ciencias, 5 vols., Madrid, Alianza, 1994, cap. 39.
2.     Mason, A History of the Sciences, pág. 496.
3.     Michel Serres, Le Tiers-Instrust, París, François Bourin, 1991.
4.     Cfr. los cinco volúmenes publicados bajo el título de Hermès, el dios mensajero de los griegos: I, La communication (1969); II, L'interférence (1972); III, La traduction (1974); IV, La distribution (1977); V, Le passage du nord-ouest (1980).
5.     Michel Serres, The Parasite, trad. de Lawrence R. Schehr, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1982.
6.     Ibíd., pág. 3.
7.     Ibíd., pág. 12.
8.     Ibíd., págs. 12-13.
9.     Michel Serres, L'interférence, París, Minuit, 1972, pág. 145.
10. Michel Serres, La communication, París, Minuit, 1969, pág. 121.
11. Ibíd., pág. 32.
12. Serres, The Parasite, pág. 66.



PRINCIPALES OBRAS DE SERRES

Le Système de Leibniz et ses mathématiques, 2 vols., París, Presses Universitaires de France, 1968 (un vol., 1982).
Hermès I. La communication, París, Minuit, 1969.
Hermès II. L'interférence, París, Minuit, 1972.
Hermès III. La traduction, París, Minuit, 1974.
Jouvences. Sur Jules Verne, París, Minuit, 1974.
Feux et signaux de brume. Zola, París, Grasset, 1975.
Auguste Comte. Leçons de philosophie positive, Vol. 1, París, Hermann, 1975.
Hermès IV. La distribution, París, Minuit, 1977.
El nacimiento de la física en el texto de Lucrecio (1977), Valencia, Pre-Textos, 1994.
Hermès V. El paso del  Noroeste (1980), Madrid, Debate, 1991.
Genèse, París, Graset, 1982.
Les cinq sens, París, Grasset, 1985.
Statues, París, François Bourin, 1987.
El contrato natural (1990), Valencia, Pre-Textos, 1991.
Atlas, Madrid, Cátedra, 1995.
La comunicación: Hermes 1. Anthropos. 1996.
El contrato natural. Pre-Textos. 2004.
¿En el amor somos como las bestias?. Akal. 2005.


OTRAS LECTURAS

LATOUR, Bruno, «Postmodern? No simply Amodern! Steps towards an anthropology of science», Studies in the History and Philosophy of science, 21, 1 (marzo de 1990), págs. 145-171, recensión de Statues de Serres.

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