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domingo, 18 de noviembre de 2012

Todorov, Tzvetan





Como Julia Kristeva, Tzvetan Todorov nació en Sofía, Bulgaria, el 1 de marzo de 1939 y llegó a París en 1963. Después de obtener su primera titulación en Bulgaria, y armado de una recomendación de la Universidad de Sofía, la primera percepción que Todorov tuvo del carácter conservador de la Sorbona antes de 1968 se produjo cuando indagó en la facultad de letras sobre la posibilidad de investigar en teoría literaria. El decano de la facultad respondió «con frialdad» que «no se hacía teoría literaria en su facultad y no iba a hacerse» (1). Sin desanimarse, el joven Todorov empezó a estudiar en la biblioteca de la Sorbona y, a través de sus empleados, acabó por entrar en contacto con Gérard Genette, que le sugirió que asistiera al seminario de Roland Barthes en la École des Hautes Études en Sciences Sociales.

El contacto con Barthes –con quien completó un doctorat de troisième cycle en 1966– permitió que Todorov escribiera artículos para la influyente publicación semiótica e interdisciplinaria Communications. Destacan dos colaboraciones iniciales. Una, titulada «La description de la signification en littérature», desarrolla los diversos niveles de análisis estructural y subraya que la forma del objeto literario es prioritaria, en un análisis estructural respecto a la sustancia del contenido, que está asociada a la semántica (2). En esa época, Todorov, como otros teóricos estructuralistas (por ejemplo, Barthes y Genette), relacionaba el estudio del significado con un marco hermenéutico (y, por tanto, humanista). Hasta que la obra de A. J. Greimas no se conoció mejor, no empezó a relacionarse un paradigma claramente estructuralista con el campo de la semántica.

El otro artículo importante de la primera época de Todorov –que mostraba la influencia de los formalistas rusos– fue «Les catégories du récit littéraire» (3). En él, Todorov reitera que «una descripción de la obra se refiere al significado de los elementos literarios; el crítico literario pretende darles una interpretación» (4). El significado de los elementos, de acuerdo con el principio saussuriano, reside en las relaciones entre ellos. Sin embargo, si es así, ¿qué ocurre con el significado (sens) de la obra en su conjunto? Afirmar que el significado depende de las relaciones es decir que los elementos del significado forman un sistema: están ordenados de una manera concreta y no son un agregado ad hoc. ¿Se escapa la obra entera a este principio, por lo que su significado es específico de ella, en su particularidad y autonomía? No, asegura Todorov. El significado de una obra (en contraste con su interpretación) deriva de su relación con otras obras en la historia de la literatura. «El significado de Madame Bovary consiste en su oposición a la literatura romántica» (5).

En el artículo mencionado, Todorov refleja el trabajo de Genette sobre la narración (récit) y pasa a analizar los planos de la «historia» (histoire) y el discurso. Este enfoque conduce al tipo de estudio llevado a cabo en Littérature et signification, el libro basado en la tesis doctoral de Todorov que examinaba la novela epistolar de Laclos Las amistades peligrosas del siglo xviii. En todo relato narrativo hay acciones o sucesos. Pero no ocurren con arreglo a una cronología ideal. Por el contrario, constituyen una red frecuentemente compleja de hilos que sólo se unen en un punto determinado. Sólo estudiando los planos de acción y los personajes se puede comprender cómo es la lógica de esa red de hilos. Usando Las amistades peligrosas como ejemplo, Todorov demuestra que: 1) las acciones en una narración no son arbitrarias, sino que obedecen a cierta lógica; 2) una narración tiene más de una estructura que se revela cuando en su análisis pueden funcionar igualmente bien dos modelos diferentes, y 3) puede no ser posible aislar para análisis el plano de acción cuando la «acción» de la narración equivale a las vicisitudes del estado psicológico de los personajes, como ocurre en Las amistades peligrosas.

En términos generales, Todorov pretende sacar a la luz los diversos procedimientos (procédés) de elaboración de una narrativa. Dichos procedimientos deben permanecer relativamente invisibles para el lector si se quiere que la narración logre transmitir una historia con una intriga. Equivalen también a las funciones o significados (sens) de cada elemento en el conjunto de la narración. Igual que Genette, Todorov está interesado en analizar, en un texto determinado, la narración, la subjetividad (o el contexto, o el procedimiento de narración) y la objetividad (o la narración como citación o acto lingüístico completo).

En su libro Littérature et signification (1967), Todorov amplía el análisis de Las amistades peligrosas iniciado en el artículo de 1966. El elemento fundamental de su argumentación es que incluso un género cuyo éxito depende tanto de la verosimilitud a través de la mímesis como la novela epistolar, está basado en una serie de procedimientos internos de la estructura de la novela, como acto de lenguaje (énonciation) –en el que son visibles el estilo y la subjetividad– y como historia (énoncé). Pero ¿cuál es la historia de toda novela? Es, a juicio de Todorov, la historia de la propia creación de la novela. Al resumir su postura en Littérature et signification, Todorov resume la posición de muchos teóricos estructuralistas de la generación de los 60. Así, escribe que: «Toda obra, toda novela relata, a través de una serie de acontecimientos, la historia de su propia creación, su propia historia» (6). La búsqueda de un significado último resulta vana, porque «el significado de una obra es pronunciarse, háblarnos de su propia existencia» (7). En efecto, una novela comienza donde termina: «porque la propia existencia de la novela es el último eslabón en la cadena de su intriga.» Este punto se advierte con gran claridad en la última carta de Las amistades peligrosas, que explica cómo llegó a publicarse la correspondencia que constituye la novela. En cierto plano, el hecho de que haya una obra ficticia no es ficción; sin embargo, la diferencia entre ficción y no ficción parecería problemática cuando se considera que la obra ficticia es, en sí misma, el procedimiento de su propia creación. Porque, entonces, el hecho de la ficción (es decir, la no ficción) parece convertirse en el rasgo esencial de la ficción.

Cuando Todorov habla de la búsqueda, para toda obra, de un significado último fuera de ella misma –es decir, la búsqueda de un significado más allá de la existencia de la obra–, se está distanciando implícitamente del enfoque hermenéutico del texto, el método que con frecuencia ha pretendido captar el mensaje definitivo (a menudo, ideológico) del texto. Resulta interesante que, después de escribir una serie de obras influyentes sobre el Decamerón, el estructuralismo y la literatura fantástica –todas ellas, basadas en el concepto de autonomía relativa del texto literario–, la dirección del trabajo de Todorov empezase a cambiar con un estudio de la historia de la teoría del símbolo. Todorov afirma que, incluso en la era del estructuralismo, la influencia del Romanticismo es inevitable.

En 1981, Todorov regresó a sus mentores, los formalistas rusos, esta vez, no tanto para asimilar sus métodos formalistas como para interpretar su pensamiento. Su relectura de la oeuvre de Bajtin, en este sentido, supone un hito en su aproximación a la teoría literaria. Si en los años 60 se había adherido al formalismo a través del estructuralismo, como forma de rechazar el método ideológicamente correcto del realismo socialista, a principios de los 80 Todorov empezó a elaborar un marco más interpretativo dirigido a combatir lo que consideraba el enfoque excesivamente apolítico del análisis textual formal. Lo que más valora Todorov en Bajtin es la «antropología filosófica» que se interesa por la cuestión de la «alteridad» (8). Para Todorov, el «otro» en la articulación que Bajtin hace del principio dialógico, llega a asumir la máxima importancia. Asegura que la principal intuición de Bajtin fue comprender que, después de Dostoievski, ninguna obra artística digna de tal nombre podía dejar de enfrentarse a la alteridad: «La renuncia de la unidad del "yo" tiene su contrapeso en la afirmación de un nuevo estatus para el "tú" del otro» (9). Por tanto, el otro deja de ser un objeto y se convierte en sujeto. Dostoievski muestra a Todorov esta concepción a través de los escritos tardíos de Bajtin. «Pero ¿acaso no es –pregunta Todorov– la característica esencial del conocimiento en las ciencias humanas, como describe Bajtin, no ocuparse del "objeto" mudo de las ciencias naturales y transformarlo en un diálogo de textos, que conoce y debe ser conocido?» (10).

Partiendo de la propuesta de que el investigador debe considerarse involucrado en el objeto de estudio –tiene que entablar un diálogo con él–, Todorov inició una serie de obras que examinaban cómo se han ocupado –o no– del otro la historia y la cultura francesa y europea. Destacan, sobre todo, dos textos: La conquista de América (1982) y Nous et les autres (1989).

En La conquista de América, Todorov analiza e interpreta documentos de y sobre el descubrimiento de América por Colón en 1492. Se trata de un estudio comprometido, la obra de un moralista preocupado por las relaciones entre europeos e indios, el yo y el otro, la identidad y la diferencia. Si, como demuestra Todorov abundantemente, Colón tenía una forma muy concreta y fija de entender la vida, tanto consciente como inconsciente (incluyendo una opinión sobre lo que iba a encontrar al otro lado del mundo), lo importante es saber cómo afectó este hecho a su contacto real con los pueblos de América Central. En un sentido, significa que Colón se comportó de manera muy previsible: se encontró con el otro a través del velo de sus propios prejuicios culturales (y, dentro de ellos, religiosos). Se considera y se trata a los indios como animales, sólo capaces de ser esclavos de los europeos. O, más bien, se viola al indio –se le trata como a un «perro sucio»– llegado el momento del encuentro, mientras que se le idealiza a distancia, se le llama noble salvaje, como habían ordenado las escrituras. «La alteridad humana –afirma Todorov– se ve, al mismo tiempo, revelada y negada» por los europeos (11).

Todorov quiere dejar patentes dos aspectos de la conquista de América: en primer lugar, desea mostrar que los signos y su interpretación –lenguaje y comunicación– cumplieron un papel inmenso en el contacto entre españoles y aztecas en el siglo xvi, el siglo de la conquista. Todorov explica que los españoles ganaron la guerra de conquista bajo los auspicios de Hernán Cortés, en gran parte, porque el conquistador fue capaz de actuar con arreglo a los conocimientos derivados de la observación: es decir, Cortés hizo el esfuerzo de informarse sobre muchas de las costumbres del pueblo contra el que luchaba, y así llegó a entenderlas. Moctezuma y los aztecas, por el contrario, estaban paralizados por una visión del mundo que se basaba en una lectura inflexible del presente a través del prisma del pasado. Los aztecas se apoyaban en la profecía y la noción de destino que iba inextricablemente ligada a ella. Por ejemplo, creyeron que la llegada de los europeos era un mal presagio, y asumieron una actitud psicológica (negativa) frente a ella. En cambio, Cortés, aunque estaba influido por sus creencias cristianas, intentó aprender la lengua de los otros en más de un aspecto. No sólo prestó atención a los datos que le suministraban los informadores, sino que utilizó los mitos aztecas en una estrategia montada para engañar al enemigo. Así, Cortés alimentó la fantasía azteca de que era un dios y, en cierto momento, engañó a los habitantes de lo que hoy son las Bahamas para que pensaran que se dirigían a la tierra prometida de sus antepasados cuando, en realidad, iban a ser explotados como mano de obra. En resumen, Cortés reconoció la importancia del lenguaje y el conocimiento de la cultura azteca y los utilizó para manipular la situación en beneficio propio (12).

Pese a su genuina comprensión de los elementos culturales del otro (y este es el segundo punto importante que hay que subrayar a propósito de la conquista), Cortés participó también en la destrucción de la cultura azteca. Los españoles –Cortés incluido– sólo se interesaban por los objetos, especialmente el oro, y no lograron reconocer a sus oponentes como seres humanos. El verdadero horror de tal situación alcanza su máximo nivel durante la colonización española, cuando, entre 1500 y 1600, no sólo se esclavizó al pueblo sino, según cálculos fiables, una población de 80 millones para toda Sudamérica se redujo a un millón, en una época en la que la población mundial era aproximadamente de 400 millones. Pese a su capacidad de comprender al otro», la empresa de Cortés provocó la destrucción de la civilización azteca.

En su conclusión, Todorov reafirma su compromiso con el principio de diálogo de Bajtin. Sólo en un diálogo verdadero, en el que la voz del otro es audible sin perjuicio de la propia voz ni anulación de la voz opuesta, es posible una auténtica igualdad. El diálogo es la confirmación del principio de Rimbaud, «yo es otra persona», en el que «yo» y «tú» estarían presentes simultáneamente. El diálogo implica otra cualidad: cuanto más se elabora, más genera la capacidad de improvisación, de abordar una situación tal como es y actuar conforme a ello. Lo que resulta discutible en la postura de Todorov, sin embargo, es que nombra la civilización occidental (es decir, Europa) como el origen del diálogo y la escritura y, al menos por alusiones, como fuente de la capacidad de improvisación que la escritura implica. Aunque la intención de nuestro autor no es, desde luego, atribuir una superioridad intrínseca a la cultura europea por encima de ninguna otra, no está claro si ha logrado expresar lo que quería.

En una obra posterior –Nous et les autres (Nosotros y los demás)–, sobre el diálogo entre el yo y el otro, Todorov examina los temas de la raza, la nación, lo universal y lo exótico en los textos de diversos autores: Lévi-Strauss, Montaigne, Gobineau, Renan, Tocqueville, Chateaubriand, Artaud y otros. Lo que más le interesa es cómo ciertos autores indican una vacilación, en la reflexión francesa sobre la diversidad humana, entre el etnocentrismo universal (el otro como mero objeto) y el relativismo universal (el otro es todo y el yo no es nada). Renan y Barrès representarían la primera postura, mientras que Lévi-Strauss, a juicio de Todorov, representaría la segunda. Aunque Todorov tiene un cuidado significativo en no apresurarse a hacer juicios sobre el racismo, el colonialismo o el universalismo, parece mucho menos cómodo al abordar problemas filosóficos y morales que al hacer análisis semiótico de textos. Por ejemplo, al hablar de su concepción de «un humanismo moderado», se basa, sin reconocerlo, en la noción a priori de que la libertad de la humanidad como especie es esencialmente un asunto individual: «Se dice que la libertad es el rasgo distintivo de la especie humana. Es cierto que mi medio me impulsa a reproducir la conducta que valora; pero también existe la posibilidad de arrancarme de ella» (13). Aquí, Todorov suscita numerosas preguntas: ¿se puede hablar de libertad en relación con la humanidad como especie sin caer en el biologismo? ¿Cuál es exactamente la relación entre humanidad e individuo? Si la libertad es peculiar del individuo, ¿no implica que los individuos construyen su libertad en contra de la humanidad? Pero otra cuestión más acuciante: ¿La libertad está inevitablemente opuesta a la determinación, como afirma Todorov? ¿No podría haber, por ejemplo, un sentido en el que el individuo decida asumir los valores comunitarios existentes? ¿No es ése, precisamente, el carácter de una elección moral o política de tipo conservador? En resumen, la cuestión no es que Todorov no plantee problemas importantes en Nous et les autres, sino que, con frecuencia, las respuestas que ofrece a preguntas filosóficas inmensamente complejas se quedan asombrosamente sin desarrollar en un libro cuyo propósito declarado es el de ampliar la comprensión de la interacción entre el yo y el otro en la experiencia contemporánea.

  Entre La conquista de América y Nous et les autres, Todorov siguió publicando trabajos sobre la naturaleza de la literatura y la crítica, como Critique de la critique (1984) [Crítica de la crítica] y La Notion de la littérature (1987). Estos libros pueden contrastarse, en parte, con textos más abiertamente comprometidos como Frêle bonheur: essai sur Rousseau, (1985), que intenta capturar la intensidad del pensamiento de este último, y Face à l'extrême (1991), sobre el totalitarismo nazi y comunista.

  En general, la obra de Todorov es interesante e importante por la tensión que presenta entre el rigor del análisis estructural y la escritura del compromiso moral, los escritos de su fase postestructuralista, como si dijéramos. Una última cuestión sería saber si dicha tensión es, o no, inevitable.

  Todorov recibió el Premio Príncipe de Asturias en Ciencias Sociales en 2008. En 2010 dijo en tono profético, antes de la actual crisis de los refugiados, "este miedo a los inmigrantes, al otro, a los bárbaros, será nuestro gran primer conflicto en el siglo XXI". Murió en París, a los 77 años, el 7 de febrero de 2017.



NOTAS


1. François Dosse, Histoire du structuralisme, I: Le champ du signe, 1945-1966, París, La Découverte, 1991, pág. 240.

2. Tzvetan Todorov, «La description de la signification en littérature», Communications, 4, 1964.

3. Tzvetan Todorov, «Les catégories du récit littéraire», Communications, 8 (1966), págs. 125-151.

4. Ibíd., pág. 126.

5. Ibíd.

6. Ibíd., pág. 49.

7. Ibd.

8. Tzvetan Todorov, Mikhail Bakhtin: The Dialogical Principle, trad. de Wlad Godzich, Manchester, Manchester University Press, 1984, pág. 94.

9. Ibíd., pág. 104.

10. Ibíd., pág. 107.

11. Tzvetan Todorov, The Conquest of America: The Question of the Other, trad. de Richard Howard, Nueva York, Harper & Row, 1984, págs. 49-50.

12. Véase ibíd., págs. 98-123.

13. Tzvetan Todorov, Nous et les autres. La réflexion française sur la diversité humaine, París, Seuil, 1989, página 428,



PRINCIPALES OBRAS DE TODOROV


Grammaire du Décaméron, La Haya, París, Mouton, 1969.


Crítica de la crítica (1984), Barcelona, Paidós, 1992.


Frágil felicidad (1985), Barcelona, Gedisa, 1986.


La Notion de la littérature el autres essais, París, Seuil, 1987.


Teoría de los géneros literarios, Madrid, Arco libros, 1988.


Nous el les autres. La réflexion française sur la diversité humaine (1989).


Las morales de la historia (1991), Barcelona, Paidós, 1993.


Face à l'extréme, París, Seuil, 1991.

El hombre desplazado, Taurus, 1997.

Memoria del mal, tentación del bien. Indagación sobre el siglo XX, Península, 2002

El miedo a los bárbaros, más allá del choque de civilizaciones, Galaxia Gutenberg, 2008.

Los enemigos íntimos de la democracia, 2012.

Insumisos, 2016.



OTRAS LECTURAS

BANN, Stephen, «Structuralism and the revival of rhetoric», Sociological Review Monograph, 25 (agosto de 1977), págs. 68-84.

BOTTOMLEY, Gill y LECHTE, John, «Nation and diversity in France», Journal of Intercultural Studies, 11, 1 (1990), págs. 49-63.


2 comentarios:

  1. Nota en diario Página 12 por la muerte de Todorov en febrero de 2017:
    https://www.pagina12.com.ar/18784-un-intelectual-de-curiosidad-insaciable

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  2. Otra nota de Página 12 sobre Todorov:
    https://www.pagina12.com.ar/19254-un-campesino-del-danubio

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